viernes, 12 de diciembre de 2008

La magdalena de Proust y el perro de Pavlov

Helena Matute es catedrática de psicología en la Universidad de Deusto (España), y es una destacada figura en su campo.
Ha escrito numerosos artículos de investigación, muchos de ellos en colaboración con los demás miembros del laboratorio de psicología del aprendizaje, del que es directora en dicha universidad.
Es jefa del departamento de psicología, y colabora en el comité editorial de numerosas revistas científicas. Además, le gusta bastante la divulgación. De hecho, ha escrito varios artículos y libros con tal fin.
Agradecer a Helena, que nos permita reproducir aquí uno de sus artículos de divulgación. Un saludo Helena.

La magdalena de Proust y el perro de Pavlov
¿Ciencias o letras? Hay tantos ejemplos en la historia de la ciencia y la literatura donde ambas se entremezclan. Mi ejemplo favorito es el de Proust y Pavlov. El protagonista de la novela de Proust está condicionado, el perro de Pavlov también. La forma en que Proust y Pavlov lo abordan es radicalmente distinta, pero ambos están fascinados por el mismo descubrimiento.


"Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba..."
(Marcel Proust. "En busca del tiempo perdido")

El famoso pasaje de la magdalena de Proust es la mejor descripción que conozco del condicionamiento clásico de Pavlov. La magdalena había sido asociada a la felicidad de la infancia y producía ahora en el protagonista adulto de la novela la respuesta condicionada: un placer delicioso, intenso, extraordinario, que surgía inesperadamente del interior de la magdalena... el protagonista no era capaz de explicárselo. No son sentimientos subjetivos, ni siquiera sensaciones asociadas a una cultura y un tiempo y un lugar lo que Proust describe. Son experiencias psicológicas básicas, verificables en cualquier persona, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Es condicionamiento clásico. Eso sí, puesto en bonito.

Resulta curioso constatar cómo el diapasón de Pavlov y la magdalena de Proust son una misma cosa, estímulos condicionados. Igual que la canción que nos hace revivir un viejo romance o el aroma del perfume que nos reaviva un deseo inexpresado. Proust supo describirlo en toda su intensidad. Pavlov prefirió analizarlo. El sonido del diapasón provocaba en los perros de Pavlov la misma reacción de salivación que en condiciones normales vendría provocada por la comida; la magdalena de Proust evocaba en el protagonista de la novela las mismas sensaciones que en su día producían los veranos felices de la infancia. En términos científicos se trata de fenómenos idénticos.

¿Leyó Proust a Pavlov o Pavlov a Proust? No he logrado encontrar referencias sobre ello. Proust (1871-1922) y Pavlov (1849-1936) se percataron de la existencia del condicionamiento clásico en la misma época, y ambos decidieron investigarlo, aunque de maneras muy distintas. Pavlov en el laboratorio, analizándolo una y otra vez con sus perros, controlando muy bien las condiciones experimentales. Proust, en cambio, usándose a sí mismo como sujeto experimental, probando una y otra vez el sabor de la magdalena, pero perdiendo así la felicidad que surgía de ella, pues para su desgracia, la sensación disminuía en intensidad con cada nuevo intento (o sea, se extinguía, como diría Pavlov).

Pavlov y colaboradores en San Petersburgo hacia 1900

Nadie como Proust ha sido capaz de divulgar tan bien, y en tan pocas páginas (y lo digo a pesar de que Proust, como ya han dicho sus críticos, da vueltas y vueltas a la idea), el condicionamiento pavloviano. Pavlov, más científico, dedicó años enteros de investigación a descubrir cómo un sonido asociado con comida llegaba a provocar salivación en sus perros, a estudiar cómo se extinguía la respuesta de salivación si seguía presentando sólo el sonido en varias ocasiones (al igual que el sabor a felicidad de la magdalena de Proust disminuía en intensidad cada vez que el protagonista de la novela volvía a probarlo), o a estudiar cómo se recuperaba después la respuesta espontáneamente si el sonido dejaba de presentarse durante un tiempo (también lo describe Proust, cuando el protagonista deja de probar la magdalena por un tiempo y consigue así recuperar más tarde toda la magia que surge de ella).

Pero el condicionamiento clásico no sólo provoca salivación o felicidad. También provoca miedo, nostalgia, deseo, excitación sexual, estrés, relajación, alivio, euforia, nauseas... El estímulo más insospechado puede dar lugar a sensaciones y reacciones intensas que a menudo, como al protagonista de Proust, nos parecen inexplicables. No es de extrañar que los escritores de hoy sigan empeñados en describirlo y los científicos lo estén analizando en todos sus detalles (véase, por ejemplo, Dickinson, 1980). Aunque sólo sea para conseguir comprender cómo es posible que la dicha, o la tristeza, incluso el miedo de un niño, puedan brotar, años más tarde, del interior de una magdalena condicionada.

Bibliografía

A. Dickinson, (1980). Teorías actuales del aprendizaje animal. Traducción española. Editorial Debate, Madrid, 1984.
I. Pavlov, (1927). Los reflejos condicionados. Traducción española. Editorial Morata, Madrid, 1929.
M. Proust, (1919-1927). En busca del tiempo perdido (1 - Por el camino de Swann). Traducción española. Alianza Editorial, Madrid, 1966.

Escrito por Helena Matute.

Dirección y sentido: no te trabes la lengua
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5 comentarios:

Carlos Lobato dijo...

Muy bueno el artículo, era una historia que desconocía. Es muy interesante. Agradecimientos a Helena por permitir la publicación y a Héctor por traérnoslo. ;)

Anónimo dijo...

La verdad es que es una historia curiosa :)

Anónimo dijo...

Me ha encantado esa mezcla de Literatura y Ciencia, dos de mis disciplinas favoritas :), muy buen artículo, felicito a Matute, un placer leerle aquí en Museo de la Ciencia.

No he tenido aún la oportunidad de leer a Proust, pero con este artículo me han entrado más ganas aún.

Sé que el condicionamiento se utiliza mucho en Psicología y Pedagogía, pero ahora mismo no soy capaz de sacar ningún ejemplo de aplicación a la Medicina, ¿se os ocurre alguno?

Anónimo dijo...

Me parece que a los que se les da quimioterapia, se les dice que no coman sus comidas preferidas cuando tengan naúseas, para que no las asocien con dicho malestar. Es más, creo que en algunos sitios se recomienda que tomen algún alimento de algún sabor raro (como helado de psitacho por ejemplo), si han tenido naúseas después de una comida. Así se evita en cierta medida que se asocien las naúseas a los alimentos.
Aunque esto te lo digo de oídas, la verdad es que me lo comentaron hace mucho, tendría que mirarlo.

Filosofía popular dijo...

Por Dios lee bien a Proust, es una falta de respeto tu interpretación de la magdalena y con ella de toda la novela.