jueves, 5 de mayo de 2011

Plantas telepáticas en el polígrafo

En una de mis muchas idas y venidas entre las estanterías de la biblioteca, buscando libros de consulta, me encontré con un peculiar ensayo de divulgación pseudo-científica que se merece una mención de honor. Su título: "La vida secreta de las plantas". Muy seguramente a alguno de vosotros ya le sonará esta obra y redordará parte de la "jartá" de barbaridades que se destilan de ella, y no me extraña. No es fácil de olvidar.

Sin embargo voy a explicarlo para quienes no lo hayan leído. El libro narra una serie de experiencias extravagantes sobre el comportamiento vegetal realizadas en torno a la década de los 60, todas las cuales fueron consecuencia de una observación tan fortuita como controvertida.

¿Conocéis los polígrafos, o detectores de mentiras? Son esos aparatejos que últimamente se han vuelto tan famosos por su uso en los programas basura, donde las parejas sin nada mejor que hacer salen haciendose preguntas morbosas y escatológicas que no les importan a nadie. Antes de que se pusieran de moda, los polígrafos se solían emplear con asiduidad en los interrogatorios policiales y militares, pero desde el principio se dudó de su eficacia y no sin razón, puesto que numerosos han sido los espías y "embusteros de profesión" que han conseguido burlar sin problemas hasta a los detectores de mentiras más sensibles. El secreto: tener un poco de sangre fría, mantener la tranquilidad durante la tanda de preguntas y, ante todo, no hacer como Homer Simpson.


El funcionamiento básico de los polígrafos es bastante parecido al de los sismógrafos utilizados para el estudio de los terremotos. Un sismógrafo o sismómetro registra los temblores sísmicos amplificados mediante un juego de pesas y resortes interconectados, que finalmente son comunicados a una aguja que al agitarse va dibujando lineas onduladas sobre un rollo de papel continuo. Después, observando la amplitud de las vibraciones, un sismólogo puede interpretar la fuerza relativa de un movimiento sísmico.

Japón, 11 de marzo. Un día muy movido.

Los polígrafos son iguales, solo que en lugar de pesas y muelles, estos llevan instrumentos de medición para variables biológicas: ritmo cardiaco, ritmo de ventilación pulmonar, presión arterial y las variaciones de conductividad eléctrica creadas en la epidermis humana cuando nos excitamos, como al soltar una trola bien gorda. Esta última es la más interesante. Para medir dichas variaciones, al sujeto del interrogatorio (Homer, en el vídeo que acabáis de ver) se le colocan un par de electrodos sobre la piel conectados a un galvanómetro que medirá en todo momento las variaciones en su conductividad epidérmica. Y del mismo modo que con los terremotos, cuanto mayor sea la amplitud del rastro dejado en el papel por la aguja, más intensa habrá sido la variación detectada y ese sería un dato a tener en cuenta por el interrogador.

Tronco del Brasil (Dracaena fragrans)

Pues bien. Resulta que en 1966, en una academia para interrogadores con polígrafos en la populosa ciudad de Nueva York, el experto profesor Cleve Backster se encontraba aburrido y cansado después de una clase especialmente dura. Y es que para un profesor, no hay nada peor que unos alumnos con pocas luces. Quería hacer algo para desahogarse, y no se le ocurrió nada mejor que tomar el tronco del Brasil (Dracaena fragrans) que su secretaria tenía adornando el despacho, y ver que pasaba si le conectaba los electrodos del detector de mentiras.

Nada. Después de todo, qué otra cosa podría esperarse de un vegetal. Pero, cuál sería su sorpresa al empezar a pensar en sacar el mechero y prenderle fuego a la planta, cuando la aguja del polígrafo se puso a bailar como loca. ¿Sería posible que la Dracaena le hubiese visto las ideas y le entrase un escalofrío que el polígrafo dejó registrado? ¿Acaso las plantas podían sentir miedo, e incluso leer el pensamiento de los animales y los humanos?

Tras este incidente vinieron muchas otras experiencias con conclusiones aún más peculiares. Cosas como meter un gato en la habitación donde está la planta y que la aguja del polígrafo se agite por la intrusión; o que si el dueño de la planta, aquel quien la riega y la cuida con esmero se da de bruces contra una farola, el mismo vegetal lo note desde la otra punta de la ciudad, en el mismo momento del trompazo. Los resultados de todos estos experimentos terminaron demostrando a su manera que, a pesar de carecer totalmente de algo parecido al sistema nervioso animal, las plantas son organismos pensantes que pueden sentir miedo o gratitud, y además están dotadas con unos poderes telepáticos capaces de dejar al profesor Xavier en calzoncillos.

Inflorescencia de Dracaena fragrans
Hablemos en serio. El tronco del Brasil es una planta monocotiledonea originaria del continente africano (¿ entonces por qué diantres la llaman tronco del "Brasil"?) que pertenece al mismo género que el popular drago canario (Dracaena drago). Se la suele utilizar con fines ornamentales debido a su atractivo follaje e inflorescencia; y os puedo asegurar que, a pesar de las afirmaciones del señor Backster, todos los intentos posteriores e independientes de repetir sus experiencias telepáticas no han tenido ni el más mínimo éxito, ni con la Dracaena fragrans ni con ninguna otra especie vegetal.

Que nadie me malinterprete. Estoy de acuerdo con que los miembros del reino vegetal no son seres pasivos, y que de hecho están muy dotados para percibir su entorno mediante señales químicas y luminosas de una forma inimaginable para nosotros. Su existencia transcurre en un crecimiento ininterrumpido cuyo único objetivo es acumular reservas de nutrientes para poder perpetuar su especie, sea cada año como cualquier árbol, o una sola vez al final de su vida, como las hierbas anuales. Esa es su única preocupación, y solo será capaz de percibir aquello que pueda beneficiar o afectar a su desarrollo.

Plántulas muy jóvenes, con mucho futuro por delante

Como humanos que somos, nuestra empatía natural nos hace ver en nuestras plantas de interior ciertos comportamientos propios de los humanos y a veces considerarlas como si lo fueran. Sé que existen aficionados a la jardinería que no pueden resistirse a cantarles la canción del verano a sus más apreciadas plantas mientras las riega, y que llegarían hasta a guardar luto si su cactus predilecto se muere por haberlo regado demasiado. Quizás esté exagerando, pero reconozco humildemente que yo mismo cuando tengo que cuidar de plántulas jovenes, les doy pequeños tironcitos en las hojas para meterles prisa y que crezcan cuanto antes. Sé que no van a hacer ni el más mínimo caso a mi impaciencia, pero no puedo evitarlo.

Aunque de ahí a creer que las plantas nos oyen o pueden leernos el pensamiento...

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1 comentario:

Héctor dijo...

Que bueno! Justo este mes he hecho limpieza y he donado algunos libros a la biblioteca.

Ese de "La vida secreta de las plantas" lo tenía también, pero he pasado de que nadie lo lea, así que directamente lo he tirado a la basura, que es donde se merecía estar. Llevaba demasiado tiempo en mi armario.

Cuando lo leí por primera vez recuerdo que me sorprendieron bastante los datos que mencionaba el libro, recuerdo también que me lo recomendó un médico que decía que había hecho él mismo la prueba en su casa con un polígrafo y que le daba resultados similares (para que te fíes de la gente), así que entre que por aquel entonces era menos crítico y me tragaba casi cualquier cosa si venía en un libro y que me habían contado la historia esta, recuerdo que me pareció algo apasionante. En fin...:P
¡Una gran entrada!

Por cierto, decir que el polígrafo además de para detectar mentiras (que no sirve) tiene otros muchos usos en investigación muy útiles, sin ir más lejos uno de los colaboradores de Museo de la Ciencia investiga usando el polígrafo.

Un saludo Darkro!